Estoy aquí. Son las once de la noche. No encontré otro lugar a donde esconderme, pero los arbustos son una buena opción. Han pasado cinco horas después del atraco en el bus. No sé cómo logré sobrevivir ante tal situación. Mi familia me espera en mi casa desde hace tres horas, han de estar preocupados. Todo pasó tan rápido que no sé cómo escapé.
Sé que me buscaban a mí. Me desperté a las cinco de la mañana porque sentí que tocaban a mi puerta, salí y cuando la abrí me di cuenta que aquel lugar estaba solo, quizá fue una simple brisa. El día había empezado y una jornada normal del trabajo también. Me bañé, comí las respectivas pupusas matutinas, hechas por mi mamá, y me fui a trabajar. En el camino, me encontré a las personas que siempre me saludan: “adiós, que le vaya bien”, “hey! ¿Qué ondas?”, “buenos días”. En fin, son tantas las frases en la mañana, que me hacen comenzar un día feliz. Abordé el bus que me lleva al trabajo, no es un gran trabajo pero me ayuda a mantener a mi familia con lo necesario. En el camino alguien me tocó la espalada, sin embargo, cuando volví a ver no había nadie.
Presentí que alguien me estaba viendo, me sentía paranoico. No obstante, todo marchaba con normalidad. Después de una hora de camino desde La Libertad llegué a San Salvador, éste se caracteriza por el tráfico del día a día, por las muchas personas que transitan en la mañana y por los asaltos y asesinatos que se cometen siempre. Todo parecía apuntar que llegaría a tiempo a mi trabajo, pero seguía sintiéndome observado. Miraba para todos lados, pero no encontraba a alguien que me estuviera viendo. Pasé por la Catedral Metropolitana y una reverencia frente a ella, me protegería en todo el día. Tomé la ruta de bus que me lleva a mi destino final, la Gran Fábrica. Me dormí por uno segundos en el vidrio del transporte y recordé en todo lo que había pasado hasta llegar ahí. El bus paró. Habíamos llegado. Faltaban diez minutos para entrar, esto era muy bueno para alguien que siempre llega tarde. Desde lejos logré ver a mi amigo, venía con cara de decepción. Hace una semana había comprado un celular, con los ahorros de cuatro meses, y se lo habían robado.
Me dijo: “unos bichos de esos se subieron al bus y a punta de pistola me hicieron darles el celular”. Es increíble la cantidad de delincuencia que estamos viviendo. Sentí una sombra. Volví a ver y no era nada. El trabajo empezó y con él, el calor. Las horas pasaron rápido y por fin llegó el momento del almuerzo. No se escucha hablar más que de delincuencia. La señora que vende la comida estaba hablando de eso; Carlos, mi amigo, también. Todos. Terminó el almuerzo y continúe con mi rutina.
Llegó la hora de la salida. Tomé el bus de regreso a la Catedral, en él iban muchas personas como yo. Cansadas, llevaban consigo el periódico de la tarde y algunos iban durmiendo. La tarde se me hacía un poco gris, veía que el cielo me hacía un ambiente negro, sentía que me llamaban y por un momento pensé que estaba loco. Tomé el otro bus con un poco de desconfianza, me senté en el último asiento de éste. Un joven iba a la par mía escuchando música en su celular. A pesar que fue un día muy raro, sentía que todo lo que me había pasado se había esfumado.
Después de un largo rato, pasando por un camino estrecho y lleno de plantas, el bus paró y entre las plantas salieron unos hombres encapuchados con armas en sus manos. Pidieron que entregáramos todo lo que teníamos, yo no llevaba nada más que cinco dólares, pero se los di. Apuntaron contra mí y dijeron: este es. No sabía qué decir, ni qué hacer. Me asesinarían sin saber por qué. La noche entraba cada vez más. Tomaron un balde con gasolina y lo rociaron en todos los pasajeros, cerraron las puertas y tiraron un simple fósforo que hizo que se incendiara parte del bus.
Yo iba en la parte trasera, tomé un pedazo de hierro y quebré las ventanas de esa parte, por suerte todos lograron salir. Ellos estaban ahí. Corrí y me siguieron. Traté de tirarme por el puente pero ellos lo hicieron también. Esquivé varias balas. He corrido tanto que llegué hasta aquí. La muerte me anda persiguiendo, me despertó en la mañana, me tocó en el bus y me susurró al oído. No me ha logrado encontrar. Nunca pensé que lo que le pasa a la gente a diario, me tocaría a mí. Fue un día diferente para mi.