miércoles, 7 de julio de 2010

Carta al Señor Smith


Son tantas las lecturas que existen en este mundo, pero son muy pocas las que logran crear un espíritu de valentía y optimismo por lograr nuestros sueños. Esa es la principal razón por la que le escribo, para agradecer su manera de llegar al público y lograr persuadir al lector. Yo, Erick Fuentes, estudiante salvadoreño, he aprendido sobre la vocación y toma de decisiones gracias a sus escritos, los cuales me han hecho sentirme seguro de lo que realmente quiero.

Me di cuenta que para lograr nuestros sueños, no importan las dificultades que tengamos que pasar, si en realidad los queremos. Hace un año estaba pensado que sería de mi futuro. Las típicas frases como: “te morirás de hambre”, “esa carrera no sirve”, “que fácil lo que harás”, entre otras (si elegía comunicación social). No dejaban de rondar en mi entorno. Muchas veces, me hicieron dudar de lo que en realidad quiero en esta vida.

Tenía dos caminos: estudiar medicina o ser un comunicador. El apoyo de mi familia para estudiar medicina no se hacía esperar; pero por otro lado estaban mis sueños y yo. Nadie confiaba en ellos porque son diferentes a ser médico. Cuando somos pequeños, tenemos ganas de ser y hacer algo en la vida; pero a medida vamos creciendo, nos vamos dando cuenta que en realidad lo que queremos son cosas totalmente diferentes a lo que soñamos en esa etapa. Mi caso no fue la excepción.

El tiempo transcurría con rapidez y tenía que tomar una decisión. Llegó el momento de la inscripción para realizar los exámenes de admisión en la Universidad Nacional, no me agradaba el pensum de la carrera de periodismo en esa universidad. Por eso, mi única opción, para estudiar ahí, era Medicina. Mis papás se morían de felicidad cuando les dije que estudiaría esa carrera.

Pocas semanas después del examen, llegaron los resultados. Para mi suerte, estos satisfactorios, había aprobado el examen. Mi hermano y mis sobrinos me dijeron”: ¡felicidades futuro doctor!”. No sentía alegría sino todo lo contrario, una profunda tristeza por haber elegido algo que no me satisfacía al cien por ciento.

Mi familia no fue la única que influyó, también mis amigos. Algunos de ellos no habían aprobado el examen y anhelaban mi puesto. Eso me hizo pensar que era un mal agradecido. Con la ayuda de mi psicóloga, escuché a mi corazón y la frase de muchos: ¡estudia lo que vos querrás!, Me hizo pensar de una manera más seria mi decisión.

Por miedo a pensar en lo que mis padres dirían sobre otra carrera, hice todo el proceso de admisión para entrar a esta universidad, UCA, a escondidas. El dinero destinado para un celular y ropa sirvió para todo lo que necesitaría en ese proceso de selección. Paso el tiempo, mis resultados para entrar a la UCA fueron favorables y era el momento. Tenía que decidir. Pero, el miedo seguía ahí presente. Llegó el día para pagar el curso pre-universitario; sin embargo, no lo hice. Una semana y media después, no había pagado. Una mañana al despertarme, un impulso me hizo marcar el número telefónico de la universidad y preguntar cuándo sería el último día para pagar. Me sorprendí cuando me dijeron que tenía un día más para hacerlo.

Ese fue el momento en que decidí hablar con mis padres y explicarles todo lo que había ocurrido. El miedo se transformó en seguridad. Luego de todo lo anterior, todo pasó como debía de pasar, y hoy estoy aquí escribiendo esta carta, con todas las ganas del mundo para lograr mis sueños y estar seguro de que los sueños más locos del universo se pueden hacer realidad, siempre y cuando confiemos en nosotros mismos, escuchemos nuestro corazón y creamos en Dios.

La vida junto a sus lecturas me enseñaron que para tomar una decisión, tenemos que buscar nuestra vocación, porque así seremos felices con lo que hacemos. Muchas gracias por llevar al público su experiencia de vida y ayudar a los que realmente buscan su objetivo en la vida. Me despido deseándole éxitos y que siga adelante.

lunes, 5 de julio de 2010

¡Ya no más guerra ni delincuencia, necesitamos PAZ!

domingo, 4 de julio de 2010

La cueva de almohadilla blanca y agua dulce


Me desperté a las cuatro y media de la mañana, eso es inusual en mí. Era primero de Mayo, día del trabajo, y me encaminaba hacia la aventura de mi vida, la excursión al “Parque Nacional El Imposible”. En medio de mochilas, comida, y “jeans”, mi aventura en el bus comenzó. Pasaron varias horas antes de llegar a aquel lugar. Por fin, cuando sólo nos faltaba media hora para arribar, el bus tuvo desperfectos mecánicos, sin embargo, eso adelantaba mi experiencia como “Scout”.

El líder del grupo nos dijo que teníamos que caminar y abrir nuevos senderos para poder llegar hasta nuestro destino final. Él sabía que llegar ahí no tomaba más de cuarenta y cinco minutos. Mi tropa, Los Leones, caminamos y abrimos senderos nunca antes vistos. Por un momento, me pareció ver un rio a lo lejos pero era mi imaginación. Eso me distrajo. Me di cuenta que habían pasado alrededor de quince minutos y que me detuve sin seguir a los demás. Estaba perdido. Jamás me había pasado algo similar, pero me consideraba una persona inteligente para sobrepasar cualquier obstáculo. Inteligente porque pensé en el simple hecho de de seguir “el camino nuevo”, trazado por mi grupo, y nunca me imaginé que llegaría un momento en el que el camino se partiera en dos.

Había perdido la inteligencia que, decía yo, tenía. Pensé que si seguía mi brújula todo saldría bien. Mi brújula estaba arruinada. Tomé el sendero de la derecha, no sé por qué. Seguí caminado hasta que caí ahí. En realidad, no sabía qué era. Parecía una cueva pero era fuera de lo común, no tenía paredes rocosas sino una especie de almohadilla blanca. Tenía agua, un poco dulce. Saqué varias conclusiones, desde una cueva que tenía una vertiente de agua, hasta definirla como un coco. Era eso, un coco. Cómo podría estar en un coco. Yo sabía que lo único que había hecho era caerme por un hoyo y luego aparecer en el agua dulce.

Por otro lado, sentía hambre. Mucha hambre. Había llegado a la conclusión que eso era un coco, por lo tanto, se podía comer. Me comí parte de esa almohadilla blanca y tomé de esa agua cristalina y sabor agradable. ¡Qué rico! Ya había comido. Mis pies empezaban a arrugarse. Ya había descansado, ya sabía que estaba dentro de un coco. Me empezaba a aburrir y tenía que salir. Cómo. No sabía. Intenté saltar pero no funcionaba, soy pequeño; intenté gritar y nadie me escuchaba; intenté hablar por celular pero, por obvias razones, no había señal.

Era una aventura tan grande pero me quería ir. Por fin, una luz alumbró mi pensamiento, sabía lo que podía hacer. En la parte superior del coco estaba el hoyo por el que me había caído, la almohadilla blanca era de una textura gruesa hasta llegar a su final. Yo tenía un cuchillo. Tenía que abrir agujeros en la almohadilla color cielo y estos me iban a servir para meter mis manos y pies, como escalar una montaña al estilo “rapel”. Así fue, me tardé muchas horas intentando todo lo anterior pero al fin llegué. Valió la pena el esfuerzo. Salí.

Así llegué hasta aquí, contándoles esta aventura que nunca olvidaré pero que me sirvió para ver las cosas de otra dimensión. Comer un coco ya no será lo mismo.

Lo sé, pero no puedo decirlo.


Otra vez. Había pasado tanto tiempo que no lo hacían y hoy casi me aplastan. La casa está llena de gente extraña, que corre de un lado a otro, toman fotos y revisan cada cosa. Vivo aquí desde hace tres años y no he salido hace un año y medio. Esto se debe a que en este lugar no hay ruidos, peleas y estoy a salvo de ser aplastado por zapatos gigantes. Sin embargo, veo que estos individuos se quedarán aquí por un largo rato. Sé que investigan mucho, analizan cada metro de la casa y buscan. Quieren encontrar una prueba en los restos de “el esqueleto con pelos”, así lo llamo yo, pero su nombre verdadero es Marina.

Es increíble todo lo que ha pasado desde hace dos años y medio. La primera vez que vine recuerdo con qué asombro me miraba Carlitos, el niño de la familia, trató de atraparme pero me escabullí sin dejar rastro. Vivían sólo tres: Marina, la abuela; Carlitos, el nieto y Carlos, el papá. La mamá de Carlitos había muerto de cáncer, por consecuencia, la abuela había decidido venirse a vivir con ellos. Marina era una señora de setenta y siete años, quien ocultaba su edad, se veía llena de vida y tenía muchas ganas de ayudar a su familia. Una noche, Carlos decidió salir a comer con su madre e hijo, pero Marina se encontraba indispuesta. Ella pidió que le trajeran la comida y Carlos no vio mayor problema. Después de muchas horas, Marina empezó a sentir que sus familiares se habían tardado demasiado. Estaba muy preocupada y sonó el teléfono. La vi llorar. Su rostro reflejaba el dolor de una madre abnegada. Habían muerto. Tiempo después me enteré que Carlitos comió una rodaja de su postre favorito, “pie” de fresa, se ahogó con un pedazo de éste y cayó al suelo. Su padre no soportó verlo en ese estado y sufrió un paro cardiaco.

La casa se revistió de luto, Marina acompañaba ese sentimiento. Pasaron los días y Marina se encontraba sola en una gran casa y cayó en depresión. Sólo la acompañaban las fotos de sus familiares, los recuerdos y yo. No podía hacer nada porque para ella era un simple reptil. La soledad se hacía más notable en esta casa. Marina no tenía amigos y ningún otro familiar. Sus vecinos la desconocían y el único que tenía interés en las pertenencias de Carlos era su vecino de enfrente.

Poco a poco Marina se fue descuidando de su aseo personal y de la casa. Salía todos los días por la mañana y regresaba en toneladas de basura. Nunca se volvió a bañar y se pelo estaba cada vez más enredado. Después de haber usado trajes de gala, usaba una calceta roja y otra negra, una falda verde y un suéter rojo. Marina empezó a hablar sola. Se reprochaba la muerte de su familia y comenzaba a llorar. A pesar de todas las comodidades que tenía no las utilizaba, al contrario, hacía más desorden y así la vivienda se tornó más sucia.

En poco tiempo aparecieron ratas, cucarachas y moscas por todos lados. A Marina no le importaba y hasta hizo de ellos sus amigos, los acariciaba, los besaba y hablaba con ellos. Eran sus nuevos amigos en su pobre soledad. La simpática abuela que se había convertido en una pordiosera, estaba loca. Salía y regresaba con basura y lo único que comía, limpio y normal, era pastel. Casi no consumía alimentos para humanos, sino sólo desperdicios. Su adicción por el pastel era increíble.

Nadie visitaba la casa. El único vecino que estaba interesado en las pertenencias sólo observaba a la anciana cuando regresaba con su rodaja de pastel y basura. Una noche, Marina escuchó que tocaban la puerta. Nunca abría. Sin embargo, se encaminó hacia la puerta y la abrió. La dueña de la panadería le llevaba un pedazo de pastel, sabor a fresa, la solitaria abuela lo tomó. Cerró la puerta y saboreó con ganas la porción de pastel. Pasaron alrededor de treinta minutos y Marina cayó al suelo, sacó espuma de su boca y empezó a sangrar del cuello. La habían asesinado. El pastel estaba envenenado y poseía pequeños pedazos de lámina corta punzante en su interior.

Bajé desde mi casa hasta su cuerpo. Traté de abrir sus ojos pero no pude. Llegué hasta su pecho izquierdo y no había señales de vida. Marina murió de una forma muy cruel. Luego de algún tiempo llegó la panadera a cobrar cada pastel que la abuela había comido, se llevó sus joyas, dinero y todo lo de gran valor. Marina robaba cada mañana un pedazo de pastel de la mesa que se encontraba afuera de la panadería. Marina no sabía lo que hacía, pero a la panadera no le importó el estado en que se encontraba la abuela y fue simple como acabó con la vida de la señora.

Muchos meses después recorrí cada parte de su cuerpo y cada paso que daba era parte de una historia, de un sufrimiento y de un inicio feliz que se convirtió en un desenlace trágico.

Había pasado un año, el cuerpo de la abuela fue desapareciendo poco a poco hasta encontrarse con lo que es hoy, un esqueleto. Unos rateros intentaron robar, vieron el esqueleto y desaparecieron. Es asombroso todo lo que yo sé, pero es más no poder decirlo y ayudar a Marina para que su crimen no sea uno más en la lista. Entre investigaciones e interrogatorios, averiguaran qué pasó aquella noche, la noche del pastel. Por lo pronto tendré que correr y esconderme para sobrevivir a toda esta situación.

Mi primera vez


Eran las ocho de la noche y la fiesta estaba por comenzar. Las ganas de bailar y ver a la chica que me gustaba me hacían palpitar más rápido el corazón. Comenzaron a llegar los invitados, el ambiente frío se transformo en un lugar caliente y lleno de humo.

Todo marchaba bien hasta que llegó ella. Vestía una falda negra y una blusa plateada, junto con unos tacones y su sonrisa simpática. Iba acompañada de un chico. Era su novio. Jamás pensé que esa noche se convertiría en un infierno. Sin pensarlo dos veces, corrí hasta la barra libre, que nunca la había utilizado, y tome una bebida, un trago, que por un momento me hizo sentir diferente, pero al cabo de un rato me entristeció.

Tomé otra, y luego otra sin darme cuenta. Me sentía un gran hombre, dispuesto a conquistar a cualquiera que se me pusiera enfrente. Y justo se me puso ella. No sé ni cómo, ni cuándo me subí a una mesa, me quite la camisa y bailé frente a ella gritando que la amaba. Su novio llegó hasta la mesa, me miró y comenzó a reírse a carcajadas por todo lo que estaba viendo. Pararon la música, encendieron las luces y todos se enteraron de lo que había ocurrido. Mientras yo seguía bailando y gritando, mis amigos se reían y no me ayudaban.

La chica que provocó todo esto, me ayudó a bajar de la mesa y a darme un poco de agua. Mis amigos llegaron y me ayudaron. Me llevaron a su casa, y así desperté sin saber cómo había llegado hasta ahí, pero si me recordaba todo lo que había hecho. Esa noche fue una experiencia que me ayudó a saber cómo controlar mis impulsos, y que para “caerle” a una “chera” no se necesitan un par de copas.

Llegó el día lunes, sentía miedo, pero tenía que ir a estudiar. Al entrar al colegio, todos se me quedaron viendo de pies a cabeza y se rieron. Todo lo anterior en realidad no me importaba, lo que sí me preocupaba era qué iba a decir aquella chica, quien provocó todo lo que pasó en la fiesta. Por fin la vi, y ella a mí. Sólo me sonrió y entró a su salón, pero la vergüenza que pasé nunca la olvidaré.

domingo, 27 de junio de 2010

¿Quién era?



Estoy aquí. Son las once de la noche. No encontré otro lugar a donde esconderme, pero los arbustos son una buena opción. Han pasado cinco horas después del atraco en el bus. No sé cómo logré sobrevivir ante tal situación. Mi familia me espera en mi casa desde hace tres horas, han de estar preocupados. Todo pasó tan rápido que no sé cómo escapé.

Sé que me buscaban a mí. Me desperté a las cinco de la mañana porque sentí que tocaban a mi puerta, salí y cuando la abrí me di cuenta que aquel lugar estaba solo, quizá fue una simple brisa. El día había empezado y una jornada normal del trabajo también. Me bañé, comí las respectivas pupusas matutinas, hechas por mi mamá, y me fui a trabajar. En el camino, me encontré a las personas que siempre me saludan: “adiós, que le vaya bien”, “hey! ¿Qué ondas?”, “buenos días”. En fin, son tantas las frases en la mañana, que me hacen comenzar un día feliz. Abordé el bus que me lleva al trabajo, no es un gran trabajo pero me ayuda a mantener a mi familia con lo necesario. En el camino alguien me tocó la espalada, sin embargo, cuando volví a ver no había nadie.

Presentí que alguien me estaba viendo, me sentía paranoico. No obstante, todo marchaba con normalidad. Después de una hora de camino desde La Libertad llegué a San Salvador, éste se caracteriza por el tráfico del día a día, por las muchas personas que transitan en la mañana y por los asaltos y asesinatos que se cometen siempre. Todo parecía apuntar que llegaría a tiempo a mi trabajo, pero seguía sintiéndome observado. Miraba para todos lados, pero no encontraba a alguien que me estuviera viendo. Pasé por la Catedral Metropolitana y una reverencia frente a ella, me protegería en todo el día. Tomé la ruta de bus que me lleva a mi destino final, la Gran Fábrica. Me dormí por uno segundos en el vidrio del transporte y recordé en todo lo que había pasado hasta llegar ahí. El bus paró. Habíamos llegado. Faltaban diez minutos para entrar, esto era muy bueno para alguien que siempre llega tarde. Desde lejos logré ver a mi amigo, venía con cara de decepción. Hace una semana había comprado un celular, con los ahorros de cuatro meses, y se lo habían robado.

Me dijo: “unos bichos de esos se subieron al bus y a punta de pistola me hicieron darles el celular”. Es increíble la cantidad de delincuencia que estamos viviendo. Sentí una sombra. Volví a ver y no era nada. El trabajo empezó y con él, el calor. Las horas pasaron rápido y por fin llegó el momento del almuerzo. No se escucha hablar más que de delincuencia. La señora que vende la comida estaba hablando de eso; Carlos, mi amigo, también. Todos. Terminó el almuerzo y continúe con mi rutina.

Llegó la hora de la salida. Tomé el bus de regreso a la Catedral, en él iban muchas personas como yo. Cansadas, llevaban consigo el periódico de la tarde y algunos iban durmiendo. La tarde se me hacía un poco gris, veía que el cielo me hacía un ambiente negro, sentía que me llamaban y por un momento pensé que estaba loco. Tomé el otro bus con un poco de desconfianza, me senté en el último asiento de éste. Un joven iba a la par mía escuchando música en su celular. A pesar que fue un día muy raro, sentía que todo lo que me había pasado se había esfumado.

Después de un largo rato, pasando por un camino estrecho y lleno de plantas, el bus paró y entre las plantas salieron unos hombres encapuchados con armas en sus manos. Pidieron que entregáramos todo lo que teníamos, yo no llevaba nada más que cinco dólares, pero se los di. Apuntaron contra mí y dijeron: este es. No sabía qué decir, ni qué hacer. Me asesinarían sin saber por qué. La noche entraba cada vez más. Tomaron un balde con gasolina y lo rociaron en todos los pasajeros, cerraron las puertas y tiraron un simple fósforo que hizo que se incendiara parte del bus.

Yo iba en la parte trasera, tomé un pedazo de hierro y quebré las ventanas de esa parte, por suerte todos lograron salir. Ellos estaban ahí. Corrí y me siguieron. Traté de tirarme por el puente pero ellos lo hicieron también. Esquivé varias balas. He corrido tanto que llegué hasta aquí. La muerte me anda persiguiendo, me despertó en la mañana, me tocó en el bus y me susurró al oído. No me ha logrado encontrar. Nunca pensé que lo que le pasa a la gente a diario, me tocaría a mí. Fue un día diferente para mi.