
Me desperté a las cuatro y media de la mañana, eso es inusual en mí. Era primero de Mayo, día del trabajo, y me encaminaba hacia la aventura de mi vida, la excursión al “Parque Nacional El Imposible”. En medio de mochilas, comida, y “jeans”, mi aventura en el bus comenzó. Pasaron varias horas antes de llegar a aquel lugar. Por fin, cuando sólo nos faltaba media hora para arribar, el bus tuvo desperfectos mecánicos, sin embargo, eso adelantaba mi experiencia como “Scout”.
El líder del grupo nos dijo que teníamos que caminar y abrir nuevos senderos para poder llegar hasta nuestro destino final. Él sabía que llegar ahí no tomaba más de cuarenta y cinco minutos. Mi tropa, Los Leones, caminamos y abrimos senderos nunca antes vistos. Por un momento, me pareció ver un rio a lo lejos pero era mi imaginación. Eso me distrajo. Me di cuenta que habían pasado alrededor de quince minutos y que me detuve sin seguir a los demás. Estaba perdido. Jamás me había pasado algo similar, pero me consideraba una persona inteligente para sobrepasar cualquier obstáculo. Inteligente porque pensé en el simple hecho de de seguir “el camino nuevo”, trazado por mi grupo, y nunca me imaginé que llegaría un momento en el que el camino se partiera en dos.
Había perdido la inteligencia que, decía yo, tenía. Pensé que si seguía mi brújula todo saldría bien. Mi brújula estaba arruinada. Tomé el sendero de la derecha, no sé por qué. Seguí caminado hasta que caí ahí. En realidad, no sabía qué era. Parecía una cueva pero era fuera de lo común, no tenía paredes rocosas sino una especie de almohadilla blanca. Tenía agua, un poco dulce. Saqué varias conclusiones, desde una cueva que tenía una vertiente de agua, hasta definirla como un coco. Era eso, un coco. Cómo podría estar en un coco. Yo sabía que lo único que había hecho era caerme por un hoyo y luego aparecer en el agua dulce.
Por otro lado, sentía hambre. Mucha hambre. Había llegado a la conclusión que eso era un coco, por lo tanto, se podía comer. Me comí parte de esa almohadilla blanca y tomé de esa agua cristalina y sabor agradable. ¡Qué rico! Ya había comido. Mis pies empezaban a arrugarse. Ya había descansado, ya sabía que estaba dentro de un coco. Me empezaba a aburrir y tenía que salir. Cómo. No sabía. Intenté saltar pero no funcionaba, soy pequeño; intenté gritar y nadie me escuchaba; intenté hablar por celular pero, por obvias razones, no había señal.
Era una aventura tan grande pero me quería ir. Por fin, una luz alumbró mi pensamiento, sabía lo que podía hacer. En la parte superior del coco estaba el hoyo por el que me había caído, la almohadilla blanca era de una textura gruesa hasta llegar a su final. Yo tenía un cuchillo. Tenía que abrir agujeros en la almohadilla color cielo y estos me iban a servir para meter mis manos y pies, como escalar una montaña al estilo “rapel”. Así fue, me tardé muchas horas intentando todo lo anterior pero al fin llegué. Valió la pena el esfuerzo. Salí.
Así llegué hasta aquí, contándoles esta aventura que nunca olvidaré pero que me sirvió para ver las cosas de otra dimensión. Comer un coco ya no será lo mismo.
muy bueno el texto tenes bastante imaginacion =D
ResponderEliminarQue chivo escribis erick
ResponderEliminarmucha creatividad y bastante imaginacion
^^
Hey! yo tambien ya fui al imposiblee!!! que aventuras las que se pasan ahí! haha nunca imaginé que ahí introducirías lo del coco! muy creativo :D
ResponderEliminarmuy buena la historia, si que tenes una gran imaginacion, me gusta mucho!!! segui asi okis!!!
ResponderEliminarimaginacion, creatividad. muy buena historia erick. te felicito compañero. :)
ResponderEliminarja ja ta chivo tu escrito erick te felicito
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