
Otra vez. Había pasado tanto tiempo que no lo hacían y hoy casi me aplastan. La casa está llena de gente extraña, que corre de un lado a otro, toman fotos y revisan cada cosa. Vivo aquí desde hace tres años y no he salido hace un año y medio. Esto se debe a que en este lugar no hay ruidos, peleas y estoy a salvo de ser aplastado por zapatos gigantes. Sin embargo, veo que estos individuos se quedarán aquí por un largo rato. Sé que investigan mucho, analizan cada metro de la casa y buscan. Quieren encontrar una prueba en los restos de “el esqueleto con pelos”, así lo llamo yo, pero su nombre verdadero es Marina.
Es increíble todo lo que ha pasado desde hace dos años y medio. La primera vez que vine recuerdo con qué asombro me miraba Carlitos, el niño de la familia, trató de atraparme pero me escabullí sin dejar rastro. Vivían sólo tres: Marina, la abuela; Carlitos, el nieto y Carlos, el papá. La mamá de Carlitos había muerto de cáncer, por consecuencia, la abuela había decidido venirse a vivir con ellos. Marina era una señora de setenta y siete años, quien ocultaba su edad, se veía llena de vida y tenía muchas ganas de ayudar a su familia. Una noche, Carlos decidió salir a comer con su madre e hijo, pero Marina se encontraba indispuesta. Ella pidió que le trajeran la comida y Carlos no vio mayor problema. Después de muchas horas, Marina empezó a sentir que sus familiares se habían tardado demasiado. Estaba muy preocupada y sonó el teléfono. La vi llorar. Su rostro reflejaba el dolor de una madre abnegada. Habían muerto. Tiempo después me enteré que Carlitos comió una rodaja de su postre favorito, “pie” de fresa, se ahogó con un pedazo de éste y cayó al suelo. Su padre no soportó verlo en ese estado y sufrió un paro cardiaco.
La casa se revistió de luto, Marina acompañaba ese sentimiento. Pasaron los días y Marina se encontraba sola en una gran casa y cayó en depresión. Sólo la acompañaban las fotos de sus familiares, los recuerdos y yo. No podía hacer nada porque para ella era un simple reptil. La soledad se hacía más notable en esta casa. Marina no tenía amigos y ningún otro familiar. Sus vecinos la desconocían y el único que tenía interés en las pertenencias de Carlos era su vecino de enfrente.
Poco a poco Marina se fue descuidando de su aseo personal y de la casa. Salía todos los días por la mañana y regresaba en toneladas de basura. Nunca se volvió a bañar y se pelo estaba cada vez más enredado. Después de haber usado trajes de gala, usaba una calceta roja y otra negra, una falda verde y un suéter rojo. Marina empezó a hablar sola. Se reprochaba la muerte de su familia y comenzaba a llorar. A pesar de todas las comodidades que tenía no las utilizaba, al contrario, hacía más desorden y así la vivienda se tornó más sucia.
En poco tiempo aparecieron ratas, cucarachas y moscas por todos lados. A Marina no le importaba y hasta hizo de ellos sus amigos, los acariciaba, los besaba y hablaba con ellos. Eran sus nuevos amigos en su pobre soledad. La simpática abuela que se había convertido en una pordiosera, estaba loca. Salía y regresaba con basura y lo único que comía, limpio y normal, era pastel. Casi no consumía alimentos para humanos, sino sólo desperdicios. Su adicción por el pastel era increíble.
Nadie visitaba la casa. El único vecino que estaba interesado en las pertenencias sólo observaba a la anciana cuando regresaba con su rodaja de pastel y basura. Una noche, Marina escuchó que tocaban la puerta. Nunca abría. Sin embargo, se encaminó hacia la puerta y la abrió. La dueña de la panadería le llevaba un pedazo de pastel, sabor a fresa, la solitaria abuela lo tomó. Cerró la puerta y saboreó con ganas la porción de pastel. Pasaron alrededor de treinta minutos y Marina cayó al suelo, sacó espuma de su boca y empezó a sangrar del cuello. La habían asesinado. El pastel estaba envenenado y poseía pequeños pedazos de lámina corta punzante en su interior.
Bajé desde mi casa hasta su cuerpo. Traté de abrir sus ojos pero no pude. Llegué hasta su pecho izquierdo y no había señales de vida. Marina murió de una forma muy cruel. Luego de algún tiempo llegó la panadera a cobrar cada pastel que la abuela había comido, se llevó sus joyas, dinero y todo lo de gran valor. Marina robaba cada mañana un pedazo de pastel de la mesa que se encontraba afuera de la panadería. Marina no sabía lo que hacía, pero a la panadera no le importó el estado en que se encontraba la abuela y fue simple como acabó con la vida de la señora.
Muchos meses después recorrí cada parte de su cuerpo y cada paso que daba era parte de una historia, de un sufrimiento y de un inicio feliz que se convirtió en un desenlace trágico.
Había pasado un año, el cuerpo de la abuela fue desapareciendo poco a poco hasta encontrarse con lo que es hoy, un esqueleto. Unos rateros intentaron robar, vieron el esqueleto y desaparecieron. Es asombroso todo lo que yo sé, pero es más no poder decirlo y ayudar a Marina para que su crimen no sea uno más en la lista. Entre investigaciones e interrogatorios, averiguaran qué pasó aquella noche, la noche del pastel. Por lo pronto tendré que correr y esconderme para sobrevivir a toda esta situación.
hey esta muy bueno el cuento. me gusto que fuera un reptil. por cierto, cuida las comas mal situadas. suerte.
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